Por Silvestre Arizmendi Torres

La elección legislativa de Coahuila dejó una lección que ningún actor político debería ignorar. Más allá de los discursos triunfalistas de unos y las justificaciones de otros, el resultado envía un mensaje claro: las elecciones no se ganan únicamente con una marca política nacional fuerte, sino con organización territorial, liderazgo local y capacidad de movilización.

Los resultados preliminares muestran una victoria contundente de la alianza PRI-UDC, con alrededor del 55% de la votación frente al 26% obtenido por Morena-PT, además de una ventaja en los 16 distritos de mayoría relativa.

El PRI no ganó solamente por tradición o por inercia. Ganó porque conserva una maquinaria política sólida, con presencia territorial, operadores electorales experimentados y una narrativa centrada en temas que para la población coahuilense son prioritarios, particularmente la seguridad y la estabilidad. Diversos análisis coinciden en que Morena llegó a la contienda con problemas de organización interna, falta de arraigo local y divisiones entre grupos políticos.

Para Morena, el resultado debe interpretarse como una llamada de atención y no como una derrota definitiva. Quienes pretendan minimizar lo ocurrido cometerían un error. La diferencia obtenida por el priismo evidencia que todavía existen desafíos importantes en materia de organización interna, construcción de liderazgos regionales y fortalecimiento de la unidad política.

También sería equivocado concluir que Morena fue derrotado exclusivamente por malos candidatos. La realidad parece más compleja. El problema principal no estuvo necesariamente en los perfiles postulados, sino en la ausencia de una estructura territorial equiparable a la del partido gobernante en la entidad. La fuerza de una campaña no depende únicamente del candidato, sino del equipo, la organización y la capacidad de conectar permanentemente con la ciudadanía.

La elección de Coahuila también deja una advertencia para quienes dentro de Morena consideran que las encuestas nacionales garantizan victorias automáticas. La política local sigue existiendo. Los liderazgos regionales siguen pesando. Las estructuras territoriales siguen contando.

La lección para Guerrero

Y aquí es donde Coahuila adquiere relevancia para Guerrero.

Aunque el contexto político es distinto, la elección de 2027 en Guerrero podría convertirse en una competencia mucho más cerrada de lo que algunos imaginan. Morena mantiene una posición dominante en la entidad, pero la experiencia de Coahuila demuestra que ningún partido es invencible cuando se descuida el trabajo territorial.

En Guerrero ya comienzan a perfilarse las disputas internas por candidaturas municipales, diputaciones locales, diputaciones federales y, sobre todo, por la sucesión estatal. Como históricamente ocurre, el mayor riesgo para Morena no necesariamente proviene de la oposición, sino de las fracturas internas que suelen surgir durante los procesos de definición de candidaturas.

Si algo enseñó Coahuila es que las estructuras políticas organizadas pueden ser más determinantes que la popularidad nacional de un gobierno. En Guerrero, quien aspire a ganar en 2027 deberá construir acuerdos, sumar liderazgos regionales, fortalecer la unidad y evitar que los procesos internos generen rupturas que terminen beneficiando a sus adversarios.

Particularmente en municipios estratégicos como Acapulco, Chilpancingo, Iguala, Zihuatanejo y Taxco, la competencia dependerá menos de los discursos nacionales y más de la capacidad de cada proyecto para mantenerse cercano a la ciudadanía, resolver problemas concretos y construir confianza en el territorio.

La elección de Coahuila no cambia el mapa político nacional, pero sí modifica la conversación política rumbo a las elecciones intermedias. Mientras el PRI encuentra en esta victoria un argumento para sostener que sigue vivo, Morena recibe una oportunidad invaluable para revisar errores, fortalecer su organización y recordar una verdad elemental de la política: ninguna elección está ganada antes de que los ciudadanos salgan a votar.

Porque al final, más allá de los colores partidistas, Coahuila volvió a demostrar que la cercanía con la gente, la estructura territorial, la unidad interna y el trabajo político permanente siguen siendo factores insustituibles en cualquier democracia.

Y para Guerrero, donde la disputa por el 2027 ya comenzó silenciosamente, quizá esa sea la lección más importante de todas.

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