Por: Enrique Caballero Peraza
Hoy, en un día envuelto en los tenues velos de la memoria y el respeto, recordamos a don Enrique Caballero Aburto, una figura cuya ausencia ha marcado el paso de los años desde aquel 19 de febrero de 1975. Con apenas 15 años, la vida me situó frente al inmenso mar de la pérdida, llevándose a mi padre, mi mentor, a la edad de 69 años. La herencia de su existencia, sin embargo, pervive en cada paso que doy, en cada palabra que pronuncio, en cada decisión que tomo.
Don Enrique no era un hombre común; su vida fue un testimonio de pasión, dedicación y un inquebrantable compromiso con su comunidad. Como presidente municipal de Taxco, dejó una huella imborrable, no solo en los libros de historia sino en los corazones de aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo. Su liderazgo se caracterizaba por una visión de justicia y progreso, convirtiéndose en un faro de esperanza para muchos.
Gran lector y excelente conversador, mi padre poseía un don de gentes que lo hacía destacar en cualquier reunión. Era un caballero en toda la extensión de la palabra, cuyo respeto y amabilidad traspasaban las barreras de lo cotidiano para adentrarse en lo extraordinario. En sus diálogos, la sabiduría de los libros se entrelazaba con la vivacidad de su espíritu, creando un espacio donde el conocimiento y la humanidad danzaban en perfecta armonía.
Descendiente de una estirpe notable, hijo de Juan Caballero Adams y nieto de Luis Caballero y Góngora Galán, don Enrique llevaba en sus venas el legado de generaciones. Cada relato familiar, cada anécdota compartida, se convertía en un hilo más en el rico tapiz de nuestra historia, recordándonos de dónde venimos y hacia dónde vamos.
La muerte de mi padre marcó el fin de una era, pero también el comienzo de un viaje personal hacia el entendimiento del legado que dejó atrás. A través de los años, he aprendido a ver el mundo a través de sus ojos, a apreciar la belleza en las pequeñas cosas, a buscar la justicia en medio de la adversidad y a amar la vida con la misma intensidad con que él lo hizo.
En este día de conmemoración, mientras las sombras del pasado se funden con la luz de la memoria, me aferro a la certeza de que don Enrique Caballero Aburto, mi padre, sigue vivo en cada acción inspirada por su ejemplo, en cada palabra que busca construir puentes, en cada gesto de bondad. Su legado es un faro que guía mi camino, una promesa de que, incluso en la ausencia, el amor y los ideales pueden trascender el tiempo.
Don Enrique, tu recuerdo es una llama que nunca se extingue, un recordatorio eterno de la fuerza del espíritu humano. Hoy, te honramos no solo como el político, el lector, el conversador, sino como el padre, el mentor, el amigo. Tu vida fue una obra de arte, y tu memoria, el más precioso de los legados.
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