NOTA DE GUERRERO INFORMADO.

Por: Gilberto Guzmán/ El reciente berrinche político del exrector de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro), Javier Saldaña Almazán, no debería sorprender a nadie que conozca su trayectoria. A través de un audio filtrado a su equipo de colaboradores, Saldaña lanzó una advertencia innegable: si Morena no le otorga candidaturas y una “representación digna” a su grupo político, se llevará su capital al Partido del Trabajo (PT) o al Partido Verde (PVEM).

Este amago confirma lo que en los círculos políticos guerrerenses ya se sabía: Saldaña nunca entró al proceso interno de Morena con la convicción de ganar la coordinación o de defender un proyecto de transformación, sino para inflar sus números, negociar y chantajear a la dirigencia a cambio de cuotas de poder. A pesar de exigir espacios a gritos argumentando ser el aspirante con “mejores resultados”, la frialdad de las encuestas lo desmiente. En el sondeo de intención de voto, quedó relegado a un tercer lugar con apenas un 10.30%, muy por debajo del 23.62% de Beatriz Mojica y el 15.62% de Esthela Damián.

La incongruencia ideológica es su verdadera marca de la casa. Saldaña no es un político de izquierda, sino un camaleón que perfeccionó el arte de alinearse con el gobernador en turno para asegurar su supervivencia, sin importar las siglas del partido. Durante años se movió cómodamente en las aguas del PRI. Fue incondicional de Ángel Aguirre Rivero y, posteriormente, fraguó una relación simbiótica con el priista Héctor Astudillo Flores. Cuando los vientos cambiaron, el PRI perdió fuerza estatal y los resultados no le favorecieron a sus viejos aliados, Saldaña no dudó en dar un salto acrobático para convertirse en el aplaudidor número uno del gobierno morenista de Evelyn Salgado Pineda, llegando al extremo de suspender clases para usar a los universitarios como “porra” de la mandataria en eventos de gobierno.

Para entender su concepción del poder, basta observar el profundo desprestigio democrático que dejó a su paso por la máxima casa de estudios del estado. Con la complicidad incondicional del Consejo Universitario y el apoyo del Congreso local en la era de Astudillo, Saldaña manipuló la Ley Orgánica y el Reglamento Electoral de la universidad a su antojo. A través de candados legales y un rudo autoritarismo disfrazado de “candidaturas de unidad”, eliminó sistemáticamente a cualquier opositor que osara disputarle la rectoría, logrando entronizarse por tres periodos consecutivos.

Hoy, tras haber pedido licencia de su feudo y dejar a Leticia Zamora como rectora encargada para que le cuide la silla, Saldaña intenta aplicar en la arena partidista las mismas tácticas de asfixia y presión que le funcionaron en la academia. Sin embargo, un partido político no es un Consejo Universitario a modo.

Exigir diputaciones y alcaldías bajo la amenaza de irse al PT -dando por hecho que pasará por encima de la dirigencia estatal porque anuncia que buscará al dirigente nacional, Alberto Anaya- o al Partido Verde es la definición de libro de un chantaje político. Morena y sus dirigencias tienen ahora la oportunidad de demostrar si cederán ante las prácticas de un viejo régimen encarnado en un exrector de raíces priistas, o si pondrán un alto al oportunismo de quien ve a la política —y a la propia educación pública— como un simple botín personal.

¡Aguas, Morena!

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Por adminweb

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